Vi Toy Story por primera vez en VHS, allá por el año 1996. Como suele suceder cuando uno es niño, si una película te gusta mucho la terminás viendo una decena de veces más en las semanas siguientes, y eso es lo que sucedió. Mi hermano se fanatizó un poco más que yo, llegando a comprarse sus propios Woody y Buzz Lightyear sin mucha vida útil comprados en el "Bolishopping", un La Salada de las afueras de Campana.
Cuando un par de años más tarde se estrenó la segunda parte de la saga (finales de 1999, yo ya había cumplido 10 años), ahí sí: toda la familia al cine. La escena en la que los juguetes protagonistas intentan cruzar una avenida escondidos en conos de tránsito rankea en el Top 5 de "partes que más me hicieron reír en un cine". Un par de meses después, los Reyes Magos (que son los padres) me regalaron la Play Station y el primer juego que tuve fue, justamente, uno basado en Toy Story 2. El CD quedó rayadísimo de tanto jugarlo (y pasarlo, porque es un juego sencillo).
Y así pasó el tiempo, y 11 años después estamos ante la tercera parte. No pienso contar mucho del film, pero es claro que los muchachos de Pixar (que en estos últimos 11 años se mantuvieron ocupados lanzando obra maestra tras obra maestra) tuvieron en cuenta a los que crecieron con las primeras dos partes de la trilogía. Si bien Woody y el resto siguen siendo los protagonistas, Andy, el dueño de todos esos juguetes que no se cansan de meterse en problemas, en vez de ser sólo un personaje periférico, ahora es también nuestro reflejo: se había olvidado de su infancia, pero le toca la hora de enfrentarse con ella de nuevo. Y termina haciendo lo correcto: pasa la antorcha a una nueva generación. Después de todo, ya estamos grandes para emocionarnos con un cowboy de juguete.

