sábado 28 de marzo de 2009

BAFICI: The Housemaid

THE HOUSEMAID
Hanyo

Dir.: Kim Ki-young

Con: Lee Eun-shim, Ju Jeung-nyeo y Kim Jin Kyu


Un culebrón oscuro y estrambótico, en donde es virtualmente imposible adivinar lo que pasará luego. Así parece ser la mejor manera de describir a The Housemaid, película de 1960 y considerada uno de los mejores exponentes del cine coreano. Todo comienza cuando Dong-sik, un profesor de música deseado por muchas de sus alumnas, un buen día decide contratar a una mucama para que ayude a su mujer, extenuada por el trabajo con su máquina de coser. Así es como llega, por medio de una alumna, Myeong-sook. En la primera escena en la casa del músico, la flamante mucama mata a una rata con sus propias manos, mientras se relame sus labios. Ese gesto, tan pequeño, ya marca la peculiaridad del personaje que pronto se convertirá en una pesadilla para la familia una vez que se obsesione con su empleador.

En general, el film se mueve entre escenas muy intensas y hasta exageradas que generan cierto clima onírico. El suspenso es asfixiante y eso es gracias al genial uso de los tiempos y los ocasionales sonidos estridentes. También es un logro la caracterización de la mucama, que con sus miradas a través de las puertas corredizas y su torpe e irritante golpeteo de piano refuerzan su cualidad de ser desquiciado y digno de temer.

Pero por más que la historia sea dura y con algunas partes realmente impactantes, se revela un sentido del humor subyacente, negro en su mayoría, que se va colando de a poquito hasta llegar a una reflexión/moralina jocosa en el final, que a simple vista parece una tomada de pelo pero que sirve para cerrar de una manera bizarra un film único, imprevisible y definitivamente imperdible.
8.50/10
Próximas funciones: Miércoles 1/4, 16:00, Malba; Domingo 5/4, 20:45, Alianza Francesa.

viernes 27 de marzo de 2009

BAFICI: Nick & Norah's Infinite Playlist

NICK & NORAH'S INFINITE PLAYLIST
Dir.: Peter Sollett
Con: Michael Cera, Kat Dennings y Ari Graynor

Nick & Norah's Infinite Playlist es la comedia romántica para los chicos indie. Ya saben, esas criaturas que ningunean a U2, veneran a Pitchfork Media y le ponen 5 estrellas al último disco de Animal Collective en rateyourmusic.com. Juno ya lo había sido de alguna forma, pero aquella excedía el rótulo de rom-com.

Los protagonistas de esta historia son, a grandes rasgos, dos adolescentes fanáticos de la música. Él es un bajista con el corazón roto y único miembro heterosexual de una banda gay de hardcore sin baterista; y ella, una sarcástica muchacha hija de un importante empresario discográfico. Ambos se encuentran buscando a una ignota banda llamada Where's Fluffy? (me recuerda al "Hey, Where's My Bike?" de Generación X) en una noche de New York, y que los lleva a varias aventuras y, finalmente, al amor.

El punto fuerte de la película es el duo protagónico. Michael Cera viene a demostrar nuevamente que es uno de los pibes más queribles de la pantalla grande, mientras que su co-estrella Kat Dennings suma belleza (¡y cuánta!) a la pantalla. Juntos tienen la química necesaria como para llevar el factor romántico a los niveles necesarios. El elenco se completa con Ari Gaynor, como la amiga partuzera y borrachina de Norah y los compañeros de banda de Nick, quienes le agregan una dosis considerable de comedia a la historia romántica. Por supuesto, una parte importante del film es la música, la independiente sobre todo. Así suenan paladines del rock indie actual como Devendra Banhart, Vampire Weekend y We Are Scientists.

Nick & Norah no es una gran película, aunque nunca pretende serlo. Después de todo, no es más que una comedia romántica adolescente con la música como fondo; y en ese aspecto cumple con éxito. Es graciosa, el relato es fluído y, salvo el personaje de Tris (la ex de Nick), que parece salida de alguna cinta para preadolescentes producida por Disney, los personajes están bien construídos y son lo suficientemente queribles. Si querés ir y pasarla bien un rato (y las comedias románticas para adolescentes alternos son lo tuyo), a por ella.
6.50/10

Próximas funciones: Sábado 28/3, 23:00, Arteplex Duplex Caballito; Lunes 30/3, 16:15, Hoyts Abasto.

domingo 22 de marzo de 2009

180º

Hace unos días, Chris Cornell sacó su tercer disco como solista, Scream. Lo peculiar del disco es que el ex-Soundgarden y dios del grunge, se vendió al barrio del R&B, trabajando con el productor de Justin Timberlake, Timbaland. Lo que le salió es un mamarracho que tanto críticos como fans han demonizado, llevándolos a la misma pregunta... ¿qué fue lo que lo llevó a hacer semejante movida? ¿Afán experimental? ¿Deseso económico? ¿Ganas de conseguir una nueva clase de fans? Lo cierto es que Chris no fue (ni será) el único que sometió a su carrera dramáticos cambios. Aquí vamos con otros artistas y bandas que también han hecho saltos drásticos en su carrera. Algunos triunfaron y otros fracasaron estrepitosamente. Consideren esto una primera parte.

TALK TALK

De synth-pop a la creación del post-rock

A Talk Talk por ahí no los tienen de nombre. Pero si les cuento que es la banda creadora del hit ochentoso "It's My Life", entonces ahí les puede llegar a sonar. Lo cierto es que sólo unos años después de ese tema (4 para ser precisos), su líder Mark Hollis decidió que era suficiente y comenzó a experimentar con el jazz y climas densos y calmos. Así salieron Spirit of Eden primero y Laughing Stock después, discos que varios adjudican como pioneros del post-rock.

After the Flood (Laughing Stock, 1999)



NORAH JONES

De pianista jazz-pop a riot grrrl

¿La tienen a Norah, no? Haciendo esos temas tranquilos y aburridos para cincuetones mientras canta con ese susurro tan soporífero como sensual. Parece que para liberarse un poco, decidió juntarse con dos amigos, ponerse una peluca rubia, medias de red, calzarse una guitarra eléctrica y hacerse llamar Maddie. Ah, y hacer canciones tontas y contagiosas de punk-pop. El resultado es El Madmo, un conjunto divertido y absurdo. Es más un juego que una movida real, pero es más que curioso.

Carlo! (El Madmo, 2008)



HERBIE HANCOCK

De jazz a electro-pop

Herbie Hancock sacó en 1964 un instrumental bastante conocido, llamado "Cantaloupe Island". Búsquenlo en Youtube y les va a sonar. Bueno, la cosa es que el tipo, años más tarde se metió con el funk, algo que en el tema antes mencionado ya se iba dislumbrando. Lo que sí nadie esperaba es que casi 20 años después saltara con un disco electro-jazz (!), ni mucho menos que pegara un hit como "Rockit", que estaba acompañado de un estrafalario video. Algunas personas están llenas de sorpresas.

Rockit (Future Shock, 1983)



KISS

Del heavy metal al disco (al menos por un rato)

El cambiazo de Kiss, tan polémico, tan despreciado, no termina siendo tan sorprendente si uno tiene en cuenta que a la banda siempre le interesó más hacer guita que música. Teniendo eso en cuenta, "I Was Made For Loving You" era el paso a seguir a finales de los 70's en Estados Unidos. La fiebre disco daba plata... ¡hagamos un hit disco! Y qué hitazo (sí, sí, la discográfica tuvo algo que ver... pero qué quieren, me gusta ensañarme con Kiss) .

I Was Made For Loving You (Dynasty, 1979)



DAVID BOWIE

De singer/songwriter psicodélico a rocker glam a soul a kraut-rock a synth-pop a electrónica a jungle a rocker veterano

Y sí. No podríamos dejarlo de lado. El tipo hizo de todo. Algunas cosas le salieron una joyita (su período glam) y otras no tan bien (su etapa jungle). Pero que el tipo se la jugó, se la jugó. Lo mejor de todo es que no alienó fans en el camino (sí, Madonna hizo lo mismo... pero la lista la hago yo, carajo); siempre mantuvo a su público a su lado. Tal vez porque, si bien supo cambiar su imagen y su música, siempre mantuvo un estilo personal. Y eso es admirable. Un aplauso para el auténtico camaleón.

Little Wonder (Earthling, 1997)

sábado 14 de marzo de 2009

Momento retro

Miércoles a la tarde. Cine Hoyts del Abasto. Sala 9. En la pantalla aparece la cara amarga de Clint Eastwood como Walt Kowalski, lanzando un gruñido ante la visión de su nieta apareciendo en el funeral de su esposa con un piercing en el ombligo. De pronto, la cara del viejo cascarrabias se disuelve en marcas de cigarrillo y ¡plop! desaparece. Se había quemado la cinta. Ante este momento, atiné a decir algo un tanto estúpido a mi amigo que me había acompañado:
- ¡Wow! ¡Esto no pasa en un cine como este desde 1979!

PD: Muy buena Gran Torino. Un 8 sobre 10.

sábado 7 de marzo de 2009

Stanley Kubrick, pensador en llamas

Por Facundo García

Hoy se cumplen diez años de la muerte de Stanley Kubrick, lo cual sería un problema si alguien pretendiera hacerle una entrevista. De todos modos, al viejo no le gustaba hablar con la prensa, o sea que en ese sentido da igual que esté o no esté. Ahora: si de lo que se trata es de evaluar qué se perdió con su partida o por qué vale la pena extrañarlo, el balance es muy distinto. Frente a la licuada experiencia vital de quienes transitan estos tiempos de medianía, el itinerario del cineasta nacido en el Nueva York en 1928 adquiere –para utilizar una palabra que a él le hubiera gustado– los rasgos de una odisea que vale la pena repasar.

Porque la biografía de Kubrick es, fundamentalmente, la curva ascendente de un artista que le dio al compromiso con sus deseos la forma de un apostolado. Si esto fuera otro ditirambo de ésos que se vierten en estas fechas, habría que comenzar rastreando detalles del genio durante la infancia para ver si un gesto o una travesura vaticinaban lo que vendría después. Sería bobo intentarlo con Kubrick. Es cierto que su familia –que estaba más o menos bien parada– le regaló una cámara de fotos a los trece años ¿Y? En este momento hay millones de adolescentes que usan aparatos muy superiores. No, no hubo un talento que maravillara a los adultos en ese chico que jugueteaba por las calles del Bronx. Lo que sí estaba germinando en él, casi secretamente, era una manera de percibir y pensar por sí mismo. Sus amigos de la infancia lo recuerdan como un pibe inteligente, aunque trastornado. No era especialmente brillante ni salvaje y abandonó la secundaria sin graduarse. No obstante, esa mirada propia que en ocasiones lo aislaba lo llevó hasta el podio del cine, donde los que terminaron trastornados fueron los espectadores.

Ahí estaba el joven monstruo, todavía sin su barba distintiva, con veintidós años y trabajando como fotógrafo en la revista Look; cuando decidió destinar sus ahorros a Day of the fight (El día de la pelea, 1951), un documental de dieciséis minutos sobre el pugilista Walter Cartier. En uno de sus tramos la cinta muestra una sucesión de knock outs y una voz en off relata líneas que podrían haber entrado en cualquiera de los films que vendrían: “Al fanático lo guía el impulso atávico, primitivo y visceral de ver a un animal lastimar a otro (...) El correr de la sangre, de la sangre ajena”. El tipo tenía una puntería certera para simpatizar con los outsiders. Flying Padre (El padre volador, 1951), la historia de un cura itinerante que andaba en avioneta por Nuevo México, fue su segundo trabajo. Le siguió Seafarers (Gente del mar, 1953), que rescataba la rutina de quienes trabajan en los barcos y arrancaba con una frase de Joseph Conrad que también hubiera merecido estar en cualquiera de los largometrajes posteriores: “La verdadera paz de Dios comienza a mil millas de la orilla”.

La prensa lo describió como un manojo de timidez y paranoia, en contraposición a lo que opinan los que lo conocieron de cerca. Sí hay, en cambio, coincidencia alrededor de sus obsesiones. Dado que detestaba cometer errores, prefería no exponerse ante las cámaras o los micrófonos. Con la misma lógica irrevocable que lo hacía un temible jugador de ajedrez, solía repetir que “si no te vas a preocupar por algo, es mejor olvidarlo. Pero si vas a prestarle atención, entonces hacéte cargo de veras”. Ese perfeccionismo –que le permitió concretar sólo trece largometrajes en cuatro décadas, en una fiebre de puntillismo sólo comparable con la de energúmenos como Terrence Malick– lo llevó a hacer del séptimo arte el eje de su vida. Ya había renunciado a su empleo en Look cuando su familia le prestó los trece mil dólares que necesitaba para llevar a cabo el rodaje de su primera película, la bélica Fear and Desire (Miedo y deseo, 1953). Más tarde reunió fondos para hacer el thriller The Killer’s Kiss (El beso del asesino, 1955). Se estaban delimitando los contornos de un carácter férreo, que no se amedrentaba ante el desafío combinado de conseguir dinero, dirigir, escribir y producir sus obras, y que le daba para adelante sin que importara demasiado la opinión de los grandes estudios.

The Killing (El atraco perfecto, 1956) supuso una llamada de atención para Hollywood, que comenzó a percatarse de que ahí había un espécimen de ésos que se encuentran muy de tanto en tanto. Paths of Glory (Patrulla infernal, 1957) continuó el oscilar entre relatos de los bajos fondos y films de guerra. Y fue así que Spartacus (Espartaco, 1960) se quedó con cuatro premios Oscar y terminó de catapultarlo a la fama. El no estaba tan entusiasmado con el resultado, al punto de que luego definiría la obra como una “pieza menor”, en la que no había contado con el suficiente poder para explayarse.

Siempre lector y melómano, buscó tranquilidad mudándose a Inglaterra. Se volvió más penetrante, sin sacrificar la fascinación por los antihéroes. Adaptó Lolita, de Nabokov, en 1962; y dos temporadas después se despachó con Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (Dr. Insólito, o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba). En el ’68, en una época en la que la llegada a la Luna era casi un hecho, apareció 2001: A Space Odyssey (2001: Odisea en el Espacio). A riesgo de sonar exagerado, hay que reconocer que nadie que sea lo suficientemente inteligente sale indemne de esas dos horas: representan uno de los puntos más altos no ya de un creador, sino de lo que puede lograr la figura del autor tal como se la ha conocido hasta ahora. Posiblemente haya sido la falta de instrucción sistemática lo que le dio a Kubrick esa capacidad de contemplar la cultura como un cuerpo sin divisiones artificiales, que sirve para transmitir la identidad y eventualmente volarle la peluca a varias generaciones. La literatura, a través de Arthur Clarke y de un género como la ciencia ficción –que muchos consideraban menor–, se entrelazó armónicamente con recursos tecnológicos; y sonidos como los de la ya archiconocida introducción de “Así habló Zarathustra” de Richard Strauss se mecharon con alusiones filosóficas y uno que otro porro que aportaron los que iban a las salas. Era una nueva forma de estar frente a la pantalla.

Escalar hasta esas cimas no fue sencillo. Kubrick fue uno de esos casos en que el rigor mental va de la mano con la pasión. En efecto, sus tres esposas coincidieron en describirlo como un pensador en llamas. Su tercera mujer, Christiane, recuerda que para el cineasta no existían las vacaciones y que dormía sólo cuatro horas por día. “A veces ni dormía. Cada película era como completar los estudios en una universidad. Se leía una tonelada de libros”, contó en una entrevista reciente que publicó el periódico británico The Daily Telegraph. Por su parte, Keir Dullea –que encarnó al Doctor David Bowman en 2001– subrayó: “El sabía exactamente qué quería. Invitaba a su casa a historiadores y literatos y podía discutir de igual a igual con cualquiera. Era como una cebolla, cada capa que le sacabas ponía al descubierto dos nuevas, que vos desconocías”.

Lo mismo pasa con su filmografía, ya que luego del bombazo que fue 2001 llegó The Clockwork Orange (La naranja mecánica, 1971). La cinta, basada en una novela homónima de Anthony Burgess, causó tal polémica en Inglaterra que debió ser retirada de circulación; y refucila en la actualidad por sus planteos morales. A los que matan, ¿hay que matarlos? A los que violan, ¿hay que castrarlos? El propio Burgess comentó, cuando el film ya se había convertido en clásico, que si sólo se puede actuar bien o sólo se puede actuar mal, “no seremos más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia seremos un hermoso organismo con color y jugo, pero de hecho no seremos más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) darán cuerda”. Quien piense que esa película es vieja debería hacerse un encefalograma.

Con su lugar ya consolidado, el hijo del Bronx no cesó de apostar fuerte. Barry Lyndon (1975) continúa siendo para muchos un fiasco, quizá compensado por la maestría y la falta de pudores con la que el gran Stanley se metió con la claustrofobia horrorosa de Stephen King en The Shining (El resplandor, 1987). Full Metal Jacket (Nacido para matar, 1987) fue un regreso a la pasión por las tramas de guerra. Y Eyes wide shut (Ojos bien cerrados, 1999), aquella aventura psicoerótica con la pareja fetiche Cruise/Kidman, no hizo más que confirmar el hambre de Kubrick por seguir navegando las profundidades de la conciencia hasta que el corazón dejara de latir.

martes 3 de marzo de 2009

Momento "Caloi en su tinta": "The Cat Came Back"

Un corto animado que conocí hace un par de años y que hace poco volví a ver (¡gracias I-Sat!). Nominado al Oscar.

PD: La canción es muy pegadiza.