Podríamos decir que todo comienza con una raspadita. Sí, de esas raspaditas. Un cartoncito con un material grisáceo y pastoso que uno raya con una moneda o una llave para, en la mayoría de los casos, descubrir una leyenda que anuncia “seguí participando”. Pero esta en particular informaba: “ganaste una colección de la editorial Océano”. Yo tenía 7 años. El premio consistía en una colección de varios libros de la editorial: un diccionario enciclopédico, uno de antónimos y sinónimos, otro de conjugaciones y un atlas, que es el que nos incumbe en este momento. Pasaba horas y horas frente a aquel enigmático libro gordo, contemplando las banderas, los mapamundis y las figuras de los países, algunos que nunca había escuchado en mi vida, como Burkina Faso o Vanuatu. Gracias a mi exposición casi enfermiza a dicho atlas, llegué hasta a saberme de memoria las capitales de prácticamente todos los países del mundo. Uno de los saberes inútiles que me enorgullecían (y enorgullecen) era tener en claro que la capital de Laos es Vientiane.
Por la misma época, mis padres (que estaban al tanto de mi pasión) me compraron otro libro lleno de mapas llamado “El Gran Atlas de los Chicos” y que era tan alto como yo. Si bien no era tan completo como mi libro predilecto, el admirable tamaño de esta nueva adquisición hacía que, literalmente, me sumergiera en los mapas. Así, en un momento estaba en Europa, luego daba vuelta uno de los enormes pedazos de cartón que hacían de páginas y ahora me encontraba en Oceanía. Tuve varios atlas después, aunque con los años fui perdiendo esa fascinación, particularmente por la aparición de nuevos intereses, que la mayoría de las veces no eran compatibles con la vieja afición, como la astronomía, los videojuegos o la música.
Pero no sólo viajé gracias a aquellas maravillas cartográficas. Mi padre siempre estaba dispuesto a recorrer distintos lugares del país y el resto de la familia, indefectiblemente, debía acompañarlo. No esbozábamos quejas, de todos modos. Nos gusta viajar. A mí particularmente me encanta descubrir paisajes nuevos y embriagarme con los sonidos particulares de cada ambiente que conozco. Llegué a conocer, junto a mi familia, distintos rincones de este país. Además de los lugares de postal como Bariloche o Mar del Plata, tuve el privilegio de conocer el Valle de la Luna, las selvas jujeñas, la cordillera mendocina, la Península de Valdés y las Cataratas del Iguazú. Pocas veces cruzamos las fronteras del país, por cuestiones de dinero y el miedo a volar de varios integrantes del clan familiar. De todas formas, en el ámbito foráneo, valoro unas divertidas vacaciones en las playas brasileñas.
Pero creo que mi experiencia como turista aún se encuentra inconclusa. Sueño con ir a Londres, por ejemplo. Soy un anglófilo empedernido, y fantaseo con caminar las calles que transitaron algunos de mis actores, escritores y músicos favoritos (“¡Esta es la calle por la que caminó Ray Davies mientras pensaba la melodía de ‘Sunny Afternoon’!”). Sueño con ir a Voltri, en la provincia italiana de Genova, para descubrir las raíces de mis ancestros. Sueño con Canadá, Nueva York, París, Gales, Australia, Rusia, Egipto. Sueño con todos esos lugares a los que imaginaba ir cada vez que abría aquel Atlas Enciclopédico del año 1995, mientras estaba acostado en mi cama. Cuando llegue el tan ansiado momento, el cuerpo acompañará a la mente en su travesía.
Por la misma época, mis padres (que estaban al tanto de mi pasión) me compraron otro libro lleno de mapas llamado “El Gran Atlas de los Chicos” y que era tan alto como yo. Si bien no era tan completo como mi libro predilecto, el admirable tamaño de esta nueva adquisición hacía que, literalmente, me sumergiera en los mapas. Así, en un momento estaba en Europa, luego daba vuelta uno de los enormes pedazos de cartón que hacían de páginas y ahora me encontraba en Oceanía. Tuve varios atlas después, aunque con los años fui perdiendo esa fascinación, particularmente por la aparición de nuevos intereses, que la mayoría de las veces no eran compatibles con la vieja afición, como la astronomía, los videojuegos o la música.
Pero no sólo viajé gracias a aquellas maravillas cartográficas. Mi padre siempre estaba dispuesto a recorrer distintos lugares del país y el resto de la familia, indefectiblemente, debía acompañarlo. No esbozábamos quejas, de todos modos. Nos gusta viajar. A mí particularmente me encanta descubrir paisajes nuevos y embriagarme con los sonidos particulares de cada ambiente que conozco. Llegué a conocer, junto a mi familia, distintos rincones de este país. Además de los lugares de postal como Bariloche o Mar del Plata, tuve el privilegio de conocer el Valle de la Luna, las selvas jujeñas, la cordillera mendocina, la Península de Valdés y las Cataratas del Iguazú. Pocas veces cruzamos las fronteras del país, por cuestiones de dinero y el miedo a volar de varios integrantes del clan familiar. De todas formas, en el ámbito foráneo, valoro unas divertidas vacaciones en las playas brasileñas.
Pero creo que mi experiencia como turista aún se encuentra inconclusa. Sueño con ir a Londres, por ejemplo. Soy un anglófilo empedernido, y fantaseo con caminar las calles que transitaron algunos de mis actores, escritores y músicos favoritos (“¡Esta es la calle por la que caminó Ray Davies mientras pensaba la melodía de ‘Sunny Afternoon’!”). Sueño con ir a Voltri, en la provincia italiana de Genova, para descubrir las raíces de mis ancestros. Sueño con Canadá, Nueva York, París, Gales, Australia, Rusia, Egipto. Sueño con todos esos lugares a los que imaginaba ir cada vez que abría aquel Atlas Enciclopédico del año 1995, mientras estaba acostado en mi cama. Cuando llegue el tan ansiado momento, el cuerpo acompañará a la mente en su travesía.

3 comentarios:
Es curioso que lo recuerdes.
Yo también tuve una de "esas" infancias llenas de intereses geográficos. De hecho en casa tenemos el "Atlas Geográfico de la Argentina y Universal" que es de... Océano. Es más: cuando tenía ocho años, me iba al kiosco y compraba mapas, a diez centavos, de los más variados lugares del mundo. Los tenía al final de mi carpeta de tercer grado.
Antes -o después- estaba el interés por la astronomía, por supuesto.
Ya sabés lo que pienso de esto de que a Plutón lo hayan bajado de un hondazo del sistema solar. Una tragedia.
Burkina FFFFFFFFFAAAAASSSSSOOOOOOOO
ok seré un inmaduro pero alguien lo tenía que decir
lo de plutón: no hay derecho...
pd: "Sueño con Canadá"... ¡raro!
Dante: ¿Sabés que puse Burkina Faso sólo porque me hacía recordar a la tuca? Yo también soy inmaduro. ¿Y qué tiene de raro Canadá?
Y sí, lo de Plutón es inconcebible. Lo mejor que tiene es que por momentos le arrebata el puesto a Neptuno, con eso de su órbita inusual. Chiquito pero pícaro, el planetita (?)
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